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¿Cómo aprenden los bebés?

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La respuesta es muy sencilla – viviendo! A diferencia de los adultos quienes necesitan en intelecto para aprender cosas nuevas, los bebés aprenden de una manera increíble y natural – a través de LA MENTE ABSORBENTE. Hemos ya hablado mucho acerca de esta increíble mente que dura de los 0 a los 6 años.

Ahora hay que hacer hincapié sobre la importancia de no destruir o impedir esta fuerza natural de la cual brota inteligencia.

En los cerebros de los bebés continuamente se están haciendo sinapsis lo cual hace que los niños aprenden. Ellos absorben todo su entorno y por el simple hecho de estar y de vivir es que adquieren conocimiento y aprenden cosas complejas como su lengua natal.

Sin querer, los adultos les impedimos esto al tenerlos limitados a espacios cerrados, a actividades poco estimulantes, queriéndolos dormir o mantener callados todo el tiempo (con el chupón o con la tele, el ipad, etc).

Algunas veces nuestras acciones impiden su natural desarrollo, debemos encontrar la forma de darles espacio, de exponerlos a la naturaleza, de crear momentos de paz y relajación, simplemente dejarlos vivir y desarrollar su inteligencia a través del ambiente.

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“Aprende jugando, juega aprendiendo”

¿Por qué aprender jugando?

Si hablamos de métodos efectivos de aprendizaje, sin duda alguna uno de ellos es el juego. Esto es debido a que si añadimos al juego un componente educativo obtenemos una herramienta única e irremplazable de enseñanza-aprendizaje para cualquier persona. ¿A quién no le gusta jugar? Para los niños jugar es una necesidad y los adultos no son tan diferentes en este sentido. Todos llevamos un niño dentro que siempre está deseando salir.

Si buscamos el por qué, es muy sencillo. El juego, para que se considere como tal, debe ser lúdico, debe ser divertido y si aprovechamos éste momento para añadir un dato, una fecha, una multiplicación o una historia, ésta quedará retenida en nuestras mentes. Todo aprendizaje que adquirimos jugando queda fijado en la memoria de manera significativa.

Nuestro lema “aprende jugando, juega aprendiendo” deja bien claro que aprender no tiene por qué ser aburrido, muy al contrario, juego y aprendizaje deben ir de la mano.

Los niños que presentan déficit de atención son niños que necesitan una dosis extra de motivación. Y ¿qué puede motivar más que jugar?

Desde nuestro punto de vista y tras años de experiencia en la educación, estamos convencidos de que sería posible una enseñanza basada en actividades lúdicas, que permitiera  que, tanto los niños con dificultades en el aprendizaje como los que no las tienen pudieran aprender divirtiéndose y que este aprendizaje no sólo se limitara a la adquisición de unos objetivos sino a generar el deseo de seguir aprendiendo.

 

 

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5 ESTRATEGIAS PARA UNA DISCIPLINA POSITIVA EFECTIVA

La disciplina suele ser utilizada como una herramienta para ejercer control sobre los niños, con la esperanza de que obedecerán todas nuestras órdenes. Utilizar esta forma de disciplina puede tal vez convencer rápidamente al niño de que no quiere experimentar esa horrible sensación de haber hecho algo malo, y por lo tanto se reducen los comportamientos no deseados, aunque sin darnos cuenta nos estemos saltando pasos muy importantes en el desarrollo del niño. Se le ha negado la oportunidad de internalizar la manera correcta de hacer las cosas; de llegar a crear su propia conclusión del por qué no deben comportarse de esa manera. No ha aprendido el arte de la auto disciplina.

Por su puesto que esto no significa que criemos a nuestros hijos en un ambiente carente completamente de límites o expectativas, ser demasiado permisivo puede ser igualmente perjudicial para nuestros hijos ya que pierden la sensación de seguridad que todo niño necesita.

La disciplina positiva propone prácticas respetuosas, amorosas y amables para ayudar a nuestros hijos a internalizar el comportamiento que deseamos ver en ellos.

Después de aplicar disciplina positiva por algunos años y de haber probado muchas cosas que funcionan y otras muchas que no, queremos compartir cinco estrategias que, cuando son usadas efectivamente en combinación y presentadas a nuestros hijos de manera calmada, han sido muy efectivas al ser aplicadas.

  1. Modelar conductas

Cuando modelamos a nuestros hijos un comportamiento amable y generoso, nuestros hijos ven esto y aprenden de ello. Cuando somos persistentes y perseverantes a través de las frustraciones y nos hablamos de manera positiva a nosotros mismos, nuestros hijos aprenden a no gritar cuando no pueden hacer algo. Cuando actuamos amablemente con ellos, incluso cuando hacen algo que nos exaspera, aprenden que la violencia no es la respuesta. Hay muchas cosas que nuestros hijos nos ven hacer todos los días y les mandamos mensajes no solo con palabras, sino también con nuestros actos.

Por ejemplo: Recientemente tuve que seguir las instrucciones para instalar un tanque doble de compost en mi jardín. Tuve momentos en los que fue difícil hacerlo, cometí errores y me frustré. Quería gritar y maldecir, pero consciente de la presencia de mis hijos, verbalicé: “Me estoy sintiendo frustrada porque no puedo armar estos tanques. Sé que puedo hacer esto, así que respiraré profundo, contaré hasta 10 en mi cabeza y lo intentaré nuevamente”. Cuando volví a intentarlo me dije a mi misma mientras me esforzaba por armar los tanques: “Esto es muy difícil, pero sé que puedo hacerlo. Solo tengo que apretar aquí un poquito más. ¡Listo! ¡Lo hice!

  1. Establecer límites

Los niños necesitan saber que existen límites. Ellos no pueden saber automáticamente que jalar la cola del gato es inaceptable, necesitan que nosotros no solamente les digamos que no les permitiremos hacerlo, sino que también los detengamos físicamente cuando ellos parecen incapaces de detenerse por sí mismos.

Cualquier comportamiento que no es apropiado en la casa o en la calle necesita que se establezca un límite apropiado para la edad y nivel de comprensión del niño. Por ejemplo, no sería apropiado esperar que un niño no grite en público si está realmente enojado, pues no ha desarrollado totalmente su capacidad para regular emociones, pero sí sería razonable esperar que no tomara cosas de los estantes de la tienda y probablemente necesitarían límites verbales y físicos (como tomar su mano, alejarlos de los estantes o ponerlos en el carrito con clara comunicación previa y durante la acción) para ayudarlo a detenerse.

Por ejemplo: Si un niño empieza a jalar cosas de un estante le explicaríamos: “No te permitiré jalar cosas de los estantes” y amablemente detendríamos sus manos. Si persistiera retando el límite le diríamos: “Veo que estás teniendo problemas para dejar las cosas en los estantes, así que voy a ayudarte”. Le ofreceríamos una opción si es posible: “¿Te gustaría sentarte en el carrito o ayudarme a empujarlo?” Si decide empujar el carrito pero regresa a los estantes, le diríamos: “Veo que realmente te gusta jalar las cosas de los estantes. No puedo dejarte hacer eso. Voy a levantarte y te pondré en el carrito”. Luego hazlo, reconociendo sus llantos, pero siendo firme con el límite.

Cuando establecemos límites para nuestros hijos asegurémonos de hacerlo con calma y claridad. Si somos ambiguos o nos frustramos o enojamos, es desconcertante para los niños y los invitará a probar nuestros límites una y otra vez como una forma de probar nuestra habilidad para ser los padres fuertes y confiados que ellos necesitan.

También necesitamos estar preparados para reforzar pacientemente los límites repetidamente ya que nuestros hijos los probarán constantemente en diferentes circunstancias para comprobar que los límites siguen.

  1. Establecer un ambiente que promueva el éxito

Es importante que durante los primeros años del niño, en la etapa de exploración, se les dé un cierto nivel de libertad para engancharse completamente en su ambiente. Esto significa que cualquier encuentro dentro de su ambiente es potencialmente una oportunidad de juego libre para ellos. Si no queremos que nuestros hijos vacíen los cajones, saquen las toallas, jalen el papel de baño, entonces no debemos darles acceso a esos lugares o debemos estar preparados para detenerlos si lo hacen.

Frustrarnos porque les hemos dicho 15 veces que no saquen las cosas de los cajones no es justo para ellos. Después de hacer esto 1 o 2 veces, como padres, debemos tomar medidas para ayudarles a tener éxito como seguros en los cajones, o cambiar de lugar los utensilios.

  1. Prevenir los comportamientos antes de que ocurran

De la misma manera que tener un ambiente seguro ayuda a prevenir comportamientos no deseados, ser un padre proactivo y predecir los comportamientos de manera que sea posible estar presente para prevenirlos es vital. Muchos de nosotros conocemos las inclinaciones de nuestros hijos, ya sea que muerdan, peguen, avienten juguetes o rompan libros, frecuente, estos comportamientos suceden más de una vez.

Al reconocer un patrón de comportamiento en nuestros hijos eso nos indica claramente cuando necesitan ayuda, necesitamos dar un paso adelante y estar más pendiente y más presentes cuando nuestros hijos están en riesgo de engancharse con estos comportamientos. Esto podría ser estar cerca cuando nuestros hijos juegan con otros niños para prevenir que muerda o pegue, o ayudar a nuestro hijo cuando parece que va a arrancar una hoja de un libro que están leyendo, retirándole respetuosamente el libro y ofreciéndole otra cosa.

  1. Consecuencias lógicas o naturales

Las consecuencias de ciertos comportamientos pueden ser algunas veces apropiadas. Es importante que escojamos consecuencias relevantes al comportamiento indeseado. Esto es conocido como consecuencia lógica.

Por ejemplo, si un niño ha tirado un plato de comida sobre la mesa, una consecuencia lógica es que la cena se le retire y/o ayude a limpiar lo que tiró (dependiendo de la edad). No sería lógico, sin embargo, quitarle su juguete favorito y mandarlo a su cuarto como resultado de esta acción.

No todas las acciones que realiza nuestro hijo requieren una consecuencia. Muchos comportamientos como morder y pegar deben ser, en medida de lo posible, prevenidos utilizando las estrategias mencionadas arriba. Si es apropiado el niño debe ayudarnos a traer un poco de hielo para el niño que fue lastimado de manera que puedan participar en la reparación del daño.

Frecuentemente el mal comportamiento de un niño es una señal para nosotros de que necesitan algo. Puede ser algo tan sencillo como comida, agua o dormir, o puede ser que necesiten más conexión con nosotros. Por eso es importante que nuestras reacciones a su comportamiento no profundicen sus sentimientos de dolor o aislamiento. Pasar un poco más de tiempo con ellos en momentos difíciles, mostrarles comprensión y reconocimiento de sus sentimientos, todo esto acompañado de permitir al niño probar los límites e incrementar su sentimiento de contento general.

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